El envoltorio, más importante que el caramelo

Por más que nos pese a algunos, vivimos en mundo de lo que se ve, del colorín y de lo bonito. Pocos son los que se preocupan del sabor del caramelo antes que del color del envoltorio. Pero es gracias a eso que este artículo tiene sentido, de modo que no todo está perdido (sí, es cierto: me gusto escribiendo, ¿pasa algo?).

Para explicar lo que pretendo decir, voy a recurrir a dos casos reales, ambos ocurridos hace unos cuantos años, los dos relacionados con el tema del que hablamos, aunque, eso sí, contrarios a la tesis que luego intentaré demostrar. En uno y en otro caso, voy a alterar los nombres para que sólo los protagonistas se reconozcan.

El interior equivocado

La primera de las anécdotas sucedía en la provincia de León. Se trata de una pareja joven, poco más que adolescentes. El caso es que llega el día de San Valentín y ella, ilusionada, le regala al mendrugo de novio un cedé de esos en los que un italiano destroza el concepto de música perpetrando canciones de amore. Lo envuelve en un maravilloso papel de regalo, rosa, según ella misma me contaría años más tarde, y, melosa, se lo entrega.

En ese momento, la relación quedó rota. Y es que regaló una colección de canciones ultra empalagosas a un punk convencido que, visto lo que era, decidió utilizar el compact disc como frisbie primero, como estrella ninja luego y, finalmente, como monopatín. Del destino del papel de regalo, nadie me ha dicho nada.

Un corazón envuelto con el corazón

El otro caso es el opuesto: unos san valentines más tarde, esta vez en Salamanca, un “él” decidió intentar rendir el corazón de una “ella” tallando durante unas cuantas horas un corazón en piedra de Villamayor (una arenisca relativamente blanda si está húmeda). Al terminarlos, con las manos ensangrentadas, se lo entregó mirándola con ojos de corderito degollado.

El resultado de tan hermoso (y sangrante) acto fue una pareja que duró mientras las perdices tuvieron carne y que, cuando decidió que ya no era suficiente con hurgarse los dientes con los huesos de las aves, dejó de durar.

La vida real no es ejemplar

Como ya he dicho, esto dos ejemplos son contrarios a mi tesis, dado que en un caso, por bien envuelto que estuviera el regalo, éste recibió el más crudo de los desprecios; y en el otro, una simple piedra sin envolver supuso que una pareja compartiera una hermosa historia de amor.

Pero, por reales que sean los dos casos, tanto el uno como el otro son la excepción: lo habitual, cuando desenvolvemos un regalo y lo sacamos de su cobertura de papel de colorines es que si no nos gusta compongamos una sonrisa y soltemos un “Aaah… quéeee bonito. Si es justo la figurita que me faltaba en mi colección de caganers del mundo”. O que prefiramos un trozo de plata envuelto en papel de oro –a la inversa, mejor-.

Que normalmente preferimos un precioso envoltorio para un obsequio, en el mejor de los casos, esperable.

Pensando como un comerciante avispado

Ahora, veámoslo desde el punto de vista del comerciante que sabe de esta regla recién enunciada y que tiene la suficiente vista para aprovecharla. Un bonito envoltorio de regalo para tiendas apenas sí supone coste adicional en el objeto que vendemos y aporta un interesante valor añadido.

Demostremos que el coste adicional es mínimo: vamos a tomar el papel de regalo más caro que podamos adquirir en la tienda dedicada al material para empresas “Retif”: un rollo de 100 metros de largo por setenta centímetros de ancho “Barroco” que cuesta 40 euros. Supongamos que el regalo medio nos costará un metro de papel. El precio de envolver cada obsequio 40 céntimos.

Si nos vamos a papeles más económicos, podremos hacerlo por unos nueve céntimos el regalo.

Más allá

Pero, ¿vamos a dejar el presente envuelto sólo por un papel? Venga: vamos a añadirle el detalle de la cinta de regalo para comercios. De nuevo vamos a comparar la opción más cara con la más económica:

Podemos gastarnos diez euros en una bobina de cordón metalizado de cien metros y de un milímetro y medio de grosor, de modo que cada dos metros –el paquete “estándar” sale por algo menos, pero vamos a simplificar las cuentas- nos costarán del orden de veinte céntimos.

Y la opción económica se nos ofrece cuando hablamos de que podemos adquirir 500 metros de cinta estándar de siete milímetros de grosor, lo que nos resulta en un menos de un tercio de céntimo cada dos metros.

Por poner un desde y un hasta, el precio por entregarle al cliente un regalo empaquetado oscila desde los diez céntimos hasta los sesenta, en ambos casos aproximadamente. Y sin contar determinados complementos redundantes a la vez que horrísonos.

Si tenemos en cuenta el valor añadido que supone, ¿de verdad vale la pena racanear en esta partida?

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